22 de Octubre de 2010.
Querido Hugo,
Sería sonso empezar esta carta con una disculpa por no haberle escrito antes. Pues no le he escrito, es cierto, pero no por no haberlo querido. No he podido escribirle antes porque había un olor espantoso en barrio. Y se lo cuento, sin reparo alguno, para que entienda usted por qué mis letras se retuercen o estornudan o se tapan la nariz. ¿Le parecerá una locura lo que pienso, si le cuento que estimo que la fetidez se relaciona con el último día feriado? Usted sabrá saber, porque usted, querido mío, ¡siempre sabe!
Sí lamento mucho no haber incluido en mi carta anterior un saludo para usted siendo que el día 14, “día del cartero”, ya había pasado. ¿Lo celebró? Si no es mucha molestia, le pediría que deje usted su bicicleta por un instante y pueda pasar, de a pie, a la par de un jazmín. Le será fácil reconocer mi humilde regalo, de eso estoy segura.
Octubre trae consigo cierto descanso, querido Hugo. Saber que afuera el frío ya no arrecia intempestivamente es una dicha. Cada vez que pienso en las tropas del frente se cuela un silencio glacial. ¡Es espeluznante! Tiemblo y me abrazo bien fuerte a la almohada... y en ocasiones brota de mis labios alguna tibia canción de cuna. Jamás me atrevería a preguntarle nada, pero sé que usted guarda en los ojos tantas noticias de la guerra. Si acaso estoy equivocada, no dude en hacérmelo saber. Usted es para mí la representación de la patria misma en dos ruedas, con un pesado bolso al hombro y un uniforme de ciudadano leal y noble. ¡Que viva la comisión nacional de comunicaciones (mmm… debería haberlo escrito en mayúsculas), que vivan los carteros y las letras que de los días brotan y se “estafetan”!
Quisiera confesarle esto que llevo parado (y a los saltos) en el hombro para que no se asuste. Pues la inclinación que usted percibe en mí es cosa seria, y no todo es problema de columna. De salud estoy muy bien, pero hoy mentí y no fui a trabajar. ¿Usted me nota intoxicada? El doctor cree que lo estoy, dice que en tiempos de guerra uno debe cuidarse de los alimentos como de los plomos. Y yo… me atreví a hablar del pescado que supuestamente habíamos comido, de sus ojos ni llenos ni brillantes, de sus escamas nada relucientes y de la flacidez de la carne. Se lo cuento y me horrorizo de mi misma. Este buen hombre no sabe que esta palidez no necesita de peces en mal estado. Y ahora, justamente ahora, como a borbotones, me reverbera un ligero olor a amoníaco, y siento como me han raspado la garganta las espinas. ¿A usted le parece… descomponerse así por una simple mentira? Justo en el día nacional del derecho a la identidad se me ocurre enajenarme así por unas pocas horas de descanso. ¡Qué barbaridad! De haber revisado antes las efemérides hubiera elegido más atinadamente el día. Estoy segura de que ningún cartero sería capaz de hacer semejante cosa. Nunca jamás, ni aun bajo un cielo encendido en mil fuegos.
Si cierro los ojos puedo verlos, a Marta y a usted en el patio y al Nicho entre los zapallos rastreros esperando las cartas, nervioso como siempre. Espero a que se siente y le acaricio la frente. A Marta la observo preparar la cena mientras usted apoya el cansancio de su bicicleta en la vieja pared para tomarla de la cintura y empezar a besarla. No se canse, querido mío. Difícilmente se agoten las palabras alguna vez. Reciba de mi parte una hora y media de siesta, y un abrazo de esos que no suelo dar.
Cariños, d.e.
Pd. Anoche tuve un sueño del que restan estos recuerdos vagos e imprecisos: Fanucchi perdía sus cuadernos y con ellos la cordura. Con Diógenes lo oíamos ladrar hasta esconderse la luna, pidiendo quién sabe qué cosa a quién. ¿Raro, verdad? Se los regalo, a usted y a Marta, para que lo reescriban o lo vuelvan a soñar.
Pd (indebida). Hoy cumple noventa y un años mi abuelo. Me preguntaba… ¿qué le regalaría usted al suyo?
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